El “miedo al otro en la ciudad”
De la normalidad de los dominadores
y el rechazo de lo normado de los dominados
Por: Mónica Vargas Aguirre
Distancias físicas y temporales máximas o mínimas solo me recuerdan que el amor verdadero es eterno e inconmensurable
La migración campo ciudad ha culminado en la mayoría de los países occidentales, dado como resultado que la mayor parte de la población mundial esté asentada en las diferentes urbes del planeta, este es hoy el principal espacio que contiene las interacciones entre seres humanos, lo que suceda en ellas marca el rumbo de las sociedades modernas o posmodernas es por esto que se hace relevante el estudio exhaustivo de lo que en ellas acontezca dado que esto nos permite entender de mejor manera los fenómenos sociales.
Las ciudades son el reflejo físico del modo de organización de las sociedades que viven en ellas. Las metrópolis latinoamericanas en general y las chilenas en particular muestran una fuerte fragmentación de los espacios donde la diferencia entre las personas se hace evidente y donde no existe una posibilidad siquiera de incorporar a los marginados a los beneficios del desarrollo. En este contexto, la posibilidad misma de ejercicio de ciudadanía se ve limitado. En la urbe se pueden encontrar lugares bellos y bien cuidados que nos hablan de progreso y estabilidad, esos lugares son habitados por los privilegiados del sistema político y económico, pero también se pueden encontrar lugares sucios y descuidados donde viven los excluidos, y que reflejan una ciudad que no reparte sus beneficios equitativamente, la desigualdad se hace palpable y nadie puede negarla.
El sistema político chileno por su parte intenta recomponer una democracia desquebrajada por la dictadura, pero después de casi veinte años, al observar el espacio urbano y el aumento de la segregación en él (que en términos sociales sería el reflejo del aumento de la desigualdad) se puede visualizar la existencia de un serio problema de exclusión social que se convierte en un indicador certero de una problemática más seria aun y que está en el ámbito del funcionamiento de un gobierno que se autodenomina democrático.
Las ciudades fragmentadas han implicado la emergencia de un fenómeno social denominado “el miedo al otro” ese otro es descrito como aquel que no maneja los códigos de los que habitan el espacio conocido. Este fenómeno ha traído como consecuencia un miedo impreciso de unos hacia otros que no tiene un sustento racional pero que se siente, ese miedo a su vez a servido para justificar una serie de medidas de control que no apuntan al problema central del desconocimiento entre seres humanos que comparte un mismo territorio sino que han atacado el síntoma agudizando de paso la enfermedad, producto de una suerte de estigmatización y criminalización de todo aquel ciudadano (que solo tiene el título de tal porque se acerca a la urna de vez en cuando) que habita en los sectores periféricos y que manifiesta su descontento porque no está de acuerdo con la forma en la que se ha llevado adelante el proceso de democratización del país, pero que tampoco es capas de construir alternativas.
El artículo que desarrollo a continuación busca vincular ese “miedo al otro” al tipo de democracia existente hoy en el país realizando un intento por traza sus orígenes y perspectivando sus consecuencias.
Sabemos que en el medioevo europeo la seguridad al interior de la ciudades estaba determinada por la organización de aquellos que habitaban la urbe, los conflictos eran resueltos en la misma comunidad con normas previamente establecidas que incluían por cierto, el hecho de que el conflicto pudiere ser dirimido por una autoridad que obtenía su poder directamente del rey (poder político) y/o de Dios (poder religioso), esta autoridad se caracterizaba por tener rasgos autoritarios, se “debía” obediencia, no se “elegía” obedecer. Si bien dicha autoridad accionaba en algunos casos abusando de su poder, este era un riesgo conocido, que se podía calcular, prever, si bien las condiciones de vida no eran las mejores, sí era predecible lo que sucedería en las interacciones cotidianas si las personas actuaban de una u otra forma. La autoridad en suma estaba legitimada, algunas veces por medio de la violencia y el miedo y siempre legitimada por Dios y/o la herencia. El tamaño del espacio en el que se emplazaba la urbe permitía resolver los problemas entre las personas cara a cara, los peligros mayores se encontraban por tanto en los extramuros y estaban representados por potenciales agresiones provenientes de otras comunidades. Los peligros que asechaban fuera del burgo eran desconocidos para la mayoría de sus habitantes, así estos preferían conformarse con las miserables condiciones de vida que a algunos les tocaba, a emprender la aventura que implicaba salir fuera de las murallas. Erich Fromm decía que “en nuestro esfuerzo por escapar de la soledad y la impotencia, estamos dispuestos a deshacernos de nuestro yo individual, ya sea por sumisión a nuevas formas de autoridad o adaptándonos compulsivamente a los patrones establecidos” y el caso de los Burgos medievales puede ser un buen ejemplo, la guía moral, la definición de lo bueno y lo malo en ese contexto estaba claramente establecida y debieron pasar varios siglos y una crisis antes de que fuese posible cambiar el orden medieval.
En la comunidad indígena latinoamericana por su parte, existían también normas claramente establecidas y aceptadas por todos, aunque no estuvieran contenidas en un código escrito, si había una ética que regía la vida en comunidad, lo bueno y lo malo, el deber ser social se presentaba pre dado y sólo había que adaptarse y vivir dentro de un marco normativo común a toda la tribu. El pensamiento y la práctica moral se regían por la existencia en el imaginario comunitario de un código ético no ambivalente y no aporético y por tanto aplicable universalmente a las relaciones al interior de una colectividad específica. El yo moral indígena sacrificado en función del yo social de la tribu diría Bauman . Al igual que en el medioevo europeo la autoridad, otorgada por algún Dios al jefe de la colectividad era incuestionada. En ambas circunstancias históricas, los liderazgos tenían un carácter fuertemente autoritario, ambas dinámicas, sin embargo permanecieron más de diez siglos inalteradas.
En cualquier periodo histórico que revisemos la ética estaba directamente ligada a la moral del colectivo del que se trataba, el tamaño de la unidad permitía homogeneizar el criterio de “violación a la norma” implícita o explícita, bueno era bueno y lo malo era malo, no se admitían relatividades, el costo de esta estabilidad era transar la libertad , la trasgresión era significada como inapropiada por toda la comunidad que compartía reglas y recursos en el campo simbólico, lo que nada tiene que ver por cierto, con la justicia o la equidad que el compartir esas reglas y recursos implicaba.
La connotación para efectos de la dinámica social, que esto tenía era la no generación de un gran conflicto al interior de las comunidades, el temor era un temor conocido vinculado a las relaciones sociales también conocidas o a las agresiones externas probables pero que eran enfrentadas colectivamente.
El surgimiento de las grandes ciudades cambió el carácter del miedo, este pasó a ser parte del espacio dentro de las murallas de la propia urbe con el agravante que la magnitud de estas no permite el encuentro cara a cara, lo que modifica a su vez la forma de establecimiento de parámetros de normalidad y de sanción, ahora estos son definidos por medio de instituciones especialmente creadas para ello y que se suponen representativas del sentir ciudadano.
El carácter del control de los fenómenos que causaban miedo en aquellos espacios que concentraban una gran cantidad de población, por tanto, cambió de una época a otra, en principio se actuaba con la segregación o eliminación de aquellos portadores de las causas del miedo (en la ciudad amurallada los leprosos quedaban fuera y los ladrones eran colgados en la plaza pública), hoy en las grandes urbes sin fronteras físicas visibles se actúa de otro modo menos evidente pero igualmente segregador y violento, se actúa, en palabras de Foucault , con “disciplinamiento social”, disciplinamiento que con el advenimiento de la globalización neoliberal y el derrumbe de los socialismos históricos intenta ser cada vez más homogeneizante y extendido.
Este intento sin embargo, se produce en un contexto en el cual la persona es cada vez más conciente de sus derechos, incluido el de la libertad, la población mundial aumenta su nivel educacional, la información se masifica por medio del teléfono, la televisión y la Internet lo que trae como correlato el aumento de los niveles de conciencia de derechos, estos ya no son solo conocidos sino que exigido. Sin embargo, la evidente crisis sociopolítica y económica provocada por el liberalismo, la caída de los socialismos históricos y el franco retroceso del cristianismo como alternativa política ha traído consigo una crisis espiritual y valórica en las sociedades que hacen difícil la definición de los derechos exigibles para todos por igual ya no existe “una” forma de ser bueno o malo, se derrumban las visiones de mundo, de la historia y de la política. La crisis material por su parte se manifiesta en el agotamiento de los recursos planetarios y por tanto en el agotamiento de la idea de progreso ilimitado de la sociedad y en las desigualdades que produce el sistema neoliberal predominante en la mayoría de las sociedades occidentales, la crisis valórica a su vez se hace ostensible en la relativización de lo bueno y lo malo, bello y lo feo. A este fenómeno algunos autores le han denominado la “crisis de la modernidad” que no es más que la confluencia de la crisis material y valórica del sistema social.
Esta crisis produce divisiones irreconciliables entre clases sociales en donde los desencuentros a su vez generan un fenómeno denominado “miedo al otro”, ese miedo es enfrentado por aquellos que ostentan el poder combinando el intento de un fuerte disciplinamiento social con una segregación de los espacios con fronteras físicas invisibles pero manifiestas, la combinación perfecta entre violencia explícita y violencia simbólica diría Bourdieu. Sin embargo, la aplicación conjunta de estas dos formas de control es altamente peligrosas para la estabilidad de las sociedades modernas, de ello hoy en día Santiago de Chile es un claro ejemplo en donde la violencia es generada por la atomización de una sociedad compleja, la segregación actúa como una barrera invisible que no permite el encuentro entre perspectivas diversas. Las instituciones creadas con el objetivo de establecer los parámetros de normalidad y las sanciones a los transgresores, están siendo ocupadas por una parte de la población (que dicho sea de paso habita en un territorio específico de la ciudad, formado por las 5 comunas del área oriente) y no por representantes de la diversidad que constituye la sociedad posmoderna. Lo anterior trae como consecuencia el establecimiento de parámetros estandarizados, acordes solo al modo de vida de la clase dominante, dejando fuera a gran parte de la población . La segregación urbana como manifestación palpable de un fenómeno de diferenciación absoluta no permite hacer la reflexión a quienes están involucrados en este proceso, dado que para ellos los “otros” simplemente no existen, estos están invisibilizados en cifras y datos dejando de ser parte del cotidiano de quienes toman las decisiones.
Para los otros (los habitantes de las restantes comunas del país), aquellos que están fuera de la esfera de la toma de decisiones es cada día menos legítima la norma impuesta (la cual en la mayoría de los casos es además, desconocida), esta norma es vista como una norma externa, no propia ni apropiada, se la ve fuera del contexto en el que se desenvuelven, la norma no es lo normal sino la excepción. Esta distancia respecto de la norma se manifiesta tanto en el ámbito de lo individual como en el colectivo, cada individuo autojustifica su transgresión de modo tal que no se le produzca una disonancia cognitiva, cada grupo específico maneja sus propios códigos normativos que están incluso por sobre la norma social. Este segmento de la población sin embargo, externamente está expuesto a las sanciones fuera de su propio territorio y es vulnerable dado que no tiene redes de contactos con aquellos que toman decisiones y aplican la ley.
Existe otro grupo dentro de la sociedad que si bien no se encuentra directamente inserto en la esfera de la toma de decisiones políticas, posee un poder económico y de relaciones sociales de tal envergadura que les permite situarse por sobre la normatividad colectiva, para este grupo la norma y la sanción son conocida, aceptadas y hasta promovidas para ser aplicadas al resto, mas no para este grupo en sí, el nivel de influencias que este conjunto posee les permite moverse con una cierta tranquilidad en los márgenes de la legalidad sin recibir sanción cuando pasan la línea al lado de la trasgresión, dicha trasgresión en este caso es conciente y no produce les disonancia dado que se piensan y saben por sobre la norma colectiva. Externamente la aplicación de la legalidad, dentro o fuera del territorio propio donde se mueve este grupo, es relativizada y ajustada al poder de influencias o el dinero de quienes transgreden.
Es interesante destacar además que es este segundo grupo quien promueve la democracia ya no como filosofía de vida sino que como una estrategia de dominación, asemejando democracia a un Estado en donde el control punitivo se presenta como fundamental, control que como mencionaba anteriormente no los alcanza. Esto no solamente sucede en Chile, Bourdieu señala por ejemplo que “En los Estados Unidos se asiste a un desdoblamiento del Estado: por un lado, hay un Estado que asegura ciertas garantías sociales, pero solo para los privilegiados, suficientemente garantizados para dar seguridades y garantías, y por otro, un Estado represivo y policial para el pueblo”… “Se trata en este caso de una especie de realización del sueño de los dominadores, un Estado que como ha mostrado Loïc Wacquant, se reduce cada vez más a su función policial” . Se puede ver entonces que este fenómeno está ocurriendo masivamente en las sociedades regidas bajo la economía neoliberal y que utilizan a la democracia como un subterfugio para la dominación.
En este contexto internacional, la democracia entonces, no cumple con los requisitos necesarios para constituirse como tal, es decir como un sistema de deberes y derechos más que como un régimen de gobierno, esto trae consecuencias impensadas en la convivencia al interior del espacio urbano. En la “democracia neoliberal” no hay una participación efectiva de la población en la formulación y ejecución de las políticas de gobierno, estas están vedada para una gran mayoría, sólo los grupos privilegiados pueden acceder a la toma de decisiones, el resto de la población es convencido de que participar es votar, y de que elegir a un representante enajena la posibilidad de participación directa. En Chile además, el argumento al que se apela en el discurso de los que sustentan el poder invoca subrepticiamente a la dictadura militar como a un fantasma del que nadie se quiere acordar pero que todos le temen porque aun está presente en la institucionalidad del país y se presenta amenazante ante cualquier intento de cambiar el estatus quo de la nación, Chile se nos presenta hoy como un país en el que una gobernabilidad sistémica eficiente oculta las deficiencia de la gobernabilidad democrática, que dicha sea de paso es la verdadera democracia. El riesgo de no aventurarse a cambios radicales que permitan ampliar esta idea restringida de democracia, está en el desprestigio y la pérdida de legitimidad cada vez más evidente de esta forma de gobierno con un sustantivo aumento del prestigio de las acciones violentas físicas y simbólicas en función del logro de objetivos. El “todo vale” se instala silencioso en la sociedad chilena, la ciudad por ejemplo se divide en los “unos” y los “otros” donde no existen espacios de encuentro alejándose día a día la posibilidad de la generación de un lugar construido entre todos y todas y donde todos y todas caben en igualdad de deberes y derechos.
Nuestra democracia tampoco es capas de cautelar una entrega de información a todos los ciudadanos por igual, si bien es cierto en teoría existe libertad de prensa y hay una voluntad por parte de la presidenta de transparentar la gestión del Estado, no es menos cierto que la propiedad de los medios de comunicación está en manos de unos pocos grupos económicos y que el periodismo alternativo no cuenta con los recursos necesarios para contrarrestar la avalancha informativa de los grupos dominantes. La televisión es el mejor ejemplo de esto, siendo este medio el más visto por la población es prácticamente imposible que aparezca en la pantalla un discurso que no esté acorde con los valores que sustentan el sistema dominante y desde los comerciales a los programas de concursos se fomenta la competencia y la satisfacción individual de necesidades reales o creadas, basta con observar detenidamente algunos comerciales en los que no importa que otro sufra si el individuo puede tener el placer de solazarse con algún producto específico, basta con contar en la televisión abierta el número de comerciales que mencionan la palabra solidaridad y compararlo con los que mencionan la palabra individuo o individual (pack individual, disfrútalo solo, cotización individual, etc.), evidentemente esto no es una estrategia planificada para imponer determinados valores a las sociedad chilena, más grave aun, nadie cuestiona esta dinámica porque el individualismo a pasado a ser parte de nuestra doxa. En cuanto a la transparencia de la entrega de información por parte del Estado, las buenas intenciones se ven limitadas de nuevo por una doxa dominante que permite que algunos crean que son los iluminados y que no es necesario que la información acerca de las decisiones tomadas esté acompañada de las alternativas existentes, esto se basa en la idea de que realizar dicho ejercicio requiere la inversión de un tiempo innecesario en promover la participación que puede ser utilizado en temas más útiles y en la idea también de que la población no cuenta con las herramientas educacionales y el criterio suficiente para saber lo que necesita. El impacto que esto ha tenido en el espacio urbano se hace evidente en el diseño de las políticas sociales de vivienda y urbanismo en las cuales por mucho tiempo no se consideró la realidad específica de cada poblado diseñando programas aplicados estandarizadamente a todo el país con las consecuencias que ya conocemos de ineficiencia y segregación de los espacios.
Para que hablar del manejo de la agenda de los gobernantes, la ciudadanía no tiene acceso a ella sino es por medio de manifestaciones violentas ya que no existen mecanismos para que esta intervenga, proponga y corrija efectivamente la agenda pública. Este punto se presenta peligroso dado que se genera una idea en el imaginario social de que la única forma de ser escuchados es por medio de la violencia, aquello que debiera ser la última alternativa se transforma en “la” alternativa existente de los que están fuera de las esferas de poder económico y político para intervenir en la política. Esto, sumado a la debilidad de los partidos políticos y a la carencia de discursos que permitan imaginar alternativas de cambio generan en la sociedad chilena una idea de relaciones que incluye la violencia como la mejor alternativa, dada su rapidez y efectividad. El fantasma de la dictadura se diluye con el paso del tiempo y ya no es suficiente para mantener el control, ante esto, emerge un nuevo fantasma, el de la delincuencia que permite justificar la represión pero que no tiene la misma carga de miedo de los regimenes de facto y peor aun no tiene el mismo rechazo por parte de la población, el cambio valórico incluye incluso la comisión de actos que rayan en lo inmoral aunque no estén tipificados como delitos, es más incluso hoy en día en muchos sectores de la población la comisión misma de delitos es aceptada como válida para satisfacer necesidades individuales cuando no existe otra alternativa. Lo anterior nos muestra en ciernes un fenómeno que no solo no permita la gobernabilidad democrática sino que tampoco permita la gobernabilidad sistémica.
Es en el plano de la igualdad en donde nuestra democracia presenta los mayores problemas, nuestra sociedad evidencia tal desigualdad que ya ni siquiera es obviable por aquellos que promueven el sistema que la genera, tanto es así que hoy se habla de “corregir el modelo”, la pregunta que surge es si es posible corregir un modelo cuya esencia es la competencia y el individualismo, por tanto la existencia de ganadores y perdedores, de los “unos” y los “otros”, el valor ético moral que sustenta el modelo político-económico tras la democracia chilena es la desigualdad tanto entre seres humanos como entre seres humanos y el resto de la naturaleza, la pregunta que debiéramos hacernos entonces es ¿es posible construir una verdadera democracia bajo este sistema económico?. Definitivamente no, un sistema cuyas bases son el individualismo, el retiro del Estado y la supremacía del mercado no puede sino genera desigualdades porque es esto lo que permite que funcione. Los efectos que esto trae es la agudización de la división de la sociedad entre ricos y pobres, el viejo planteamiento marxista de la clase dueña de los medios de producción y los trabajadores, muchos abrirán los ojos casi hasta desorbitárseles al leer esto, pero es así, hoy por ejemplo no hay posibilidad de encuentro cotidiano entre los dueños de las grandes empresas y el resto de la población trabajadora, efectivamente una parte de la población trabajadora contará con algunos privilegios que le permite al capitalista mantener una correlación de fuerzas necesaria para gobernar. El espacio urbano en casi todas las ciudades del país muestra un claro mapa de esta atomización, ricos y pobres habitan siempre en sectores separados de la ciudad y en la capital no solo habitan en sectores separados sino que además se ha venido desarrollando un proyecto urbano que no permite los encuentros en el tránsito cotidiano de un lugar a otro, esto produce la invisibilización para quienes toman las decisiones de las malas condiciones de vida del resto de la población, sin embargo, los medios de comunicación se encargan de mostrar a los postergados los privilegios que solo algunos tienen, estro provoca en la población una rabia que genera escalofríos, las últimas investigaciones que realicé en la ciudad de Santiago, este año 2007 demostró que esa rabia ha aumentado en el último tiempo a niveles impensados anteriormente. La bomba urbana que describí en gestación el año 1996 está por estallar.
Algunos más optimistas pudieren pensar que lo anterior anuncia una situación pre revolucionaria, pero no es así, la crisis política y el desprestigio del cristianismo y el marxismo (como alternativa política) frente a un predominio sin contrapeso del liberalismo ha generado la pérdida de la fe en la posibilidad de construcción de alternativas viables. Si bien se han desarrollado proyectos locales y han surgido los nuevos movimientos social transversales, estos no abordan los dos problemas centrales de las sociedades posmodernas, las crisis valórica, política, socioeconómica y medio ambiental a las que nos vemos enfrentados como planeta. De no surgir pronto movimientos fuertes que permiten recuperar las confianzas entre seres humanos me temo que la crisis final es inevitable, ya no solo la violencia simbólica sino que la violencia física se apoderará de las sociedades arriesgando la continuidad de estas dando paso a aglomeraciones urbanas divididas en territorios cuyos habitantes funcionen con lógicas tribales.
Lo anterior se explica porque cada vez hay menos personas que consideran la norma impuesta por el Estado como una norma legítima, se pone en entre dicho entonces la noción misma de orden, lo que sumado a altos niveles de pugnas entre individuos dentro del espacio social por la satisfacción de sus propias necesidades, generan un espacio social altamente proclive al desarrollo de la violencia como respuesta legítima y única para la resolución de los conflictos.
El sentimiento más o menos generalizado de que la violencia se ha constituido para muchos en una respuesta legítima para la resolución de conflictos implica también sentimientos de inseguridad difusos dado su carácter estructural. Este es un sentimiento de miedo sin una imagen a quien imputarle su provocación, lo anterior genera una necesidad de autoprotección manifestada en una actitud de defensa y de aislamiento individual que agudiza el desconocimiento del otro, aumentando el miedo a ese otro, potenciando la inseguridad, imponiéndose un circuito de difícil solución en tanto implica, una relación circular cuya característica basal es el neoliberalismo en donde el punto de inicio y de fin es el individualismo metodológico. Todo otro se transforma en un potencial agresor, es un enemigo por definición, culpable hasta que pruebe lo contrario, pero sin las condiciones necesarias para poder probar la inocencia. Los acercamientos entre personas diferentes son cada vez menos probable, toda conducta de otro ser social diferente provoca miedo.
Este miedo al otro, hace referencia a sentirse amenazado por otro diferente a mí mismo, que no es parte cotidiana de mi entorno y no maneja los códigos de la tribu, sin embargo, como se veía anteriormente en esta definición resuenan otras inseguridades; aquellas provocadas por el debilitamiento del vínculo social, del sentimiento de comunidad y, finalmente, de la noción misma de orden. En el caso chileno el “miedo al otro” es al mismo tiempo un elemento de una estructura de seguridad y el objeto de un discurso que legitima dicha estructura. Se ve reflejado aquello que Ronal Barthes anuncia para la sociedad de masas cuando señala que este tipo de sociedad “estructura lo real de dos maneras concomitantes, produciéndolo y escribiéndolo” en Chile existe efectivamente delincuencia pero la estigmatización de los que la cometen refuerza el miedo entre conciudadanos.
Las normas y procedimientos establecidos para el habitar, en las ciudades actuales han perdido legitimidad, las estrategias de control social ya no son aceptadas colectivamente en gran parte por la falta de interacción entre las personas, las que se han visto permeadas por el individualismo metodológico, lo que ha significado una atomización social y por tanto un repliegue de los sujetos a sus casas abandonando las calles y espacios públicos, produciendo un nicho ideal a la delincuencia una vez más un círculo que cuadra.
El miedo al crimen masificado que solo refleja el conjunto de las conductas anómicas en sociedad sirven de argumento para el ejercicio de una serie de atropellos y vejámenes a determinado grupo de la población, lo que a su vez genera más violencia en ese grupo, cayendo en una espiral de violencia de difícil control. La estrategia apropiada para disminuir la violencia entonces no es represiva sino inclusiva.
En suma, aunque se diseñen estrategias represivas para el control de la violencia y se sume dinero del erario público a la aplicación de las políticas sociales esto nunca será suficiente porque las estrategias represivas solo generan estados de ánimo que promueven la violencia en aquellos que son reprimidos y las necesidades son infinitas y siempre están en aumento. Mientras no se aborde el tema complementando la asignación de recursos que promueven la equidad en la distribución de el ingreso con una promoción intencionada de transmisión y asentamiento de aquellos valores que sustentan la democracia como la solidaridad, autodeterminación y la relevancia del interés social por sobre el interés individual, no habrá posibilidades de avanzar en la constitución de una verdadera democracia y por tanto no habrá posibilidades para la paz.
Bibliografía
Barthes, Ronald; “Sociología y socio lógica”, artículo en Barbano Filipo, “Estructuralismo y sociología”; Ediciones Nueva Visión Buenos Aires, 196?
Bourdieu Pierre, “La dominación masculina”, editorial anagrama, colección argumentos, Barcelona, segunda edición 2000 (primera edición 1998).
Pierre Bourdieu, “La dominación masculina” editorial Anagrama colección argumentos, Barcelona, segunda edición 2000.
Bourdieu, Pierre, “Contrafuegos, reflexiones par servir a la resistencia contra la invasión neoliberal”, Editorial Anagrama, Barcelona 2° edición, 2000.
Erich Fromm, “El miedo a la libertad”
Foucault, Michel; Vigilar y Castigar Editorial Siglo XXI, Madrid, 1996
Zygmunt Bauman, “Ética posmoderna”, Editorial Siglo XXI, Buenos Aires, Argentina, 2004.
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