Tres terremotos y una sola oportunidad de reconstrucción de un país más justo y solidario
Por Mónica Vargas Aguirre
mavargasa@gmail.com
Tres terremotos y una oportunidad de reconstrucción de un país más justo y solidario
El día 27 de febrero de 2010, la sociedad chilena fue remecida por tres terremotos: El primero y el más evidente es el que podríamos denominar “terremoto físico”, éste fue de 8,8 en la escala de Richter, uno de los más grandes de la historia planetaria, tanto, que dejó gran parte de la infraestructura de la zona central con serios daños, más de un millón de viviendas destruidas, puentes cortados y caminos intransitables. Este terremoto generó fracturas físicas cuyo monto de reconstrucción es alto pero posible de solventar con el actual Estado de la economía chilena y con el esfuerzo de la población.
El segundo terremoto fue el “terremoto emocional”, el movimiento en la obscuridad de la noche, en el momento en que la mayoría de los chilenos dormían su sueño más profundo, trajo aparejadas inseguridades producidas por la sacudida misma que se fueron acrecentando en la medida que se accedía a las noticias y se enteraban de la magnitud de la catástrofe. Lo anterior, sumado a las incesantes réplicas, generó una situación de estrés en la población de muy difícil manejo para el psiquismo de los habitantes de la zona central. La situación se acrecentará con el peligro de hacerse crónica dado que los profesionales del área de salud mental no darán abasto y el deteriorado estado de las relaciones grupales y comunitarias presentes en la sociedad Chilena no permitirá pensar en éstas como soporte sanador de las heridas emocionales
Efectivamente el terremoto generó quiebres a nivel individual de difícil abordaje pero que se agudizan dada la fractura social que no permite un enfrentamiento colectivo del tema.
Un tercer terremoto por tanto fue el “terremoto político - institucional”, en una sociedad con un tejido social erosionado, donde la participación social no existe, donde los lazos comunitarios fueron rotos hace 40 años y nunca reconstituidos, donde el discurso dominante es que las instituciones funcionan pero que enfrentadas a la crisis en realidad no funcionaron, sumado al final de un periodo de gobierno de una coalición que permaneció en el poder 20 años pero que no resolvió temas fundamentales de derechos humanos y participación comunitaria, más la asunción, replica mediante, a dos semanas del desastre de otra coalición sin mayor experiencia en la gestión del Estado, con dificultades incluso para ocupar cargos estratégicos y que debe liderar la reconstrucción, configuran un panorama que muestra un Estado sin respuestas y a una población sin corporalidad colectiva que se organiza a tientas impulsada por necesidades imperiosas.
Cuando esa población sin respuestas político-institucional vuelve a mirarse a si misma como única alternativa para revolver la crisis, encuentra a una sociedad fragmentada sin redes de apoyo, cada individuo toma conciencia de su individualismo exacerbado y se ve enfrentado a un otro desconocido, quizás hasta temido, del cual depende en algunos casos para sobrevivir. Esta tercer quiebre es el más grave de todos porque cada individuo se dio cuenta de lo lejano que estaba de otros individuos. La fractura social es la peor de las fracturas evidenciadas con el sismo, esta fractura es anterior y se gestó durante la dictadura y se consolidó durante los gobiernos de la concertación, los que no pudieron o no quisieron sanarla. Esta es la fractura más difícil de abordar pero que puede transformar al terremoto en una oportunidad única para el país dada la existencia de una población sensibilizada con la necesidad de organizarse para reconstruir.
Como el tsunami que azotó a nuestras costas, este triple sismo azotó a nuestra sociedad dándonos en el centro. Y así como no hubo “un” terremoto no hay “una” alternativa de reconstrucción, cada sismo tiene varias opciones.
Evidentemente la construcción de viviendas dignas para las familias que lo perdieron todo y de una infraestructura vial que permita que el país funcione, debe ser puesta en un primer plano. Pero hay dos formas de hacerlo, una es entregar a las transnacionales de la construcción el trabajo, lo que sólo perpetuaría el individualismo y la competencia. La otra forma, es potenciar la articulación de los actores locales y comunitarios que permitan reconstruir los espacios a la medida de aquellos que habitan en ellos y no de modo estándar e impersonalizado.
En el ámbito emocional la opción es dejar en manos de los profesionales de la salud mental el tema y en una relación privada paciente-profesional cada individuo resuelva “su propio problema” u optar por una intervención de contención emocional y de abordaje grupal del estrés producido por los terremotos. Esta última alternativa permite reconstruir vínculos y acercarnos más a la esencia del “ser” humano, es decir, habitar en sociedad y por tanto en interacción con otros.
Y la tercera es la re-construcción de vínculos perdido hace más de 40 años. Esta re-construcción no es una reconstrucción del país de la dictadura o de la concertación, es un país con vínculos sociales fuertes, con un soporte de interacciones y de relaciones no mediadas por el dinero o el poder sino por la solidaridad y la colaboración. En realidad no una reconstrucción sino una CONSTRUCCIÓN con mayúsculas que nos permita pensar y construir un Chile distinto más amable, más justo.
Ante esto sólo queda optar.
mavargasa@gmail.com
Tres terremotos y una oportunidad de reconstrucción de un país más justo y solidario
El día 27 de febrero de 2010, la sociedad chilena fue remecida por tres terremotos: El primero y el más evidente es el que podríamos denominar “terremoto físico”, éste fue de 8,8 en la escala de Richter, uno de los más grandes de la historia planetaria, tanto, que dejó gran parte de la infraestructura de la zona central con serios daños, más de un millón de viviendas destruidas, puentes cortados y caminos intransitables. Este terremoto generó fracturas físicas cuyo monto de reconstrucción es alto pero posible de solventar con el actual Estado de la economía chilena y con el esfuerzo de la población.
El segundo terremoto fue el “terremoto emocional”, el movimiento en la obscuridad de la noche, en el momento en que la mayoría de los chilenos dormían su sueño más profundo, trajo aparejadas inseguridades producidas por la sacudida misma que se fueron acrecentando en la medida que se accedía a las noticias y se enteraban de la magnitud de la catástrofe. Lo anterior, sumado a las incesantes réplicas, generó una situación de estrés en la población de muy difícil manejo para el psiquismo de los habitantes de la zona central. La situación se acrecentará con el peligro de hacerse crónica dado que los profesionales del área de salud mental no darán abasto y el deteriorado estado de las relaciones grupales y comunitarias presentes en la sociedad Chilena no permitirá pensar en éstas como soporte sanador de las heridas emocionales
Efectivamente el terremoto generó quiebres a nivel individual de difícil abordaje pero que se agudizan dada la fractura social que no permite un enfrentamiento colectivo del tema.
Un tercer terremoto por tanto fue el “terremoto político - institucional”, en una sociedad con un tejido social erosionado, donde la participación social no existe, donde los lazos comunitarios fueron rotos hace 40 años y nunca reconstituidos, donde el discurso dominante es que las instituciones funcionan pero que enfrentadas a la crisis en realidad no funcionaron, sumado al final de un periodo de gobierno de una coalición que permaneció en el poder 20 años pero que no resolvió temas fundamentales de derechos humanos y participación comunitaria, más la asunción, replica mediante, a dos semanas del desastre de otra coalición sin mayor experiencia en la gestión del Estado, con dificultades incluso para ocupar cargos estratégicos y que debe liderar la reconstrucción, configuran un panorama que muestra un Estado sin respuestas y a una población sin corporalidad colectiva que se organiza a tientas impulsada por necesidades imperiosas.
Cuando esa población sin respuestas político-institucional vuelve a mirarse a si misma como única alternativa para revolver la crisis, encuentra a una sociedad fragmentada sin redes de apoyo, cada individuo toma conciencia de su individualismo exacerbado y se ve enfrentado a un otro desconocido, quizás hasta temido, del cual depende en algunos casos para sobrevivir. Esta tercer quiebre es el más grave de todos porque cada individuo se dio cuenta de lo lejano que estaba de otros individuos. La fractura social es la peor de las fracturas evidenciadas con el sismo, esta fractura es anterior y se gestó durante la dictadura y se consolidó durante los gobiernos de la concertación, los que no pudieron o no quisieron sanarla. Esta es la fractura más difícil de abordar pero que puede transformar al terremoto en una oportunidad única para el país dada la existencia de una población sensibilizada con la necesidad de organizarse para reconstruir.
Como el tsunami que azotó a nuestras costas, este triple sismo azotó a nuestra sociedad dándonos en el centro. Y así como no hubo “un” terremoto no hay “una” alternativa de reconstrucción, cada sismo tiene varias opciones.
Evidentemente la construcción de viviendas dignas para las familias que lo perdieron todo y de una infraestructura vial que permita que el país funcione, debe ser puesta en un primer plano. Pero hay dos formas de hacerlo, una es entregar a las transnacionales de la construcción el trabajo, lo que sólo perpetuaría el individualismo y la competencia. La otra forma, es potenciar la articulación de los actores locales y comunitarios que permitan reconstruir los espacios a la medida de aquellos que habitan en ellos y no de modo estándar e impersonalizado.
En el ámbito emocional la opción es dejar en manos de los profesionales de la salud mental el tema y en una relación privada paciente-profesional cada individuo resuelva “su propio problema” u optar por una intervención de contención emocional y de abordaje grupal del estrés producido por los terremotos. Esta última alternativa permite reconstruir vínculos y acercarnos más a la esencia del “ser” humano, es decir, habitar en sociedad y por tanto en interacción con otros.
Y la tercera es la re-construcción de vínculos perdido hace más de 40 años. Esta re-construcción no es una reconstrucción del país de la dictadura o de la concertación, es un país con vínculos sociales fuertes, con un soporte de interacciones y de relaciones no mediadas por el dinero o el poder sino por la solidaridad y la colaboración. En realidad no una reconstrucción sino una CONSTRUCCIÓN con mayúsculas que nos permita pensar y construir un Chile distinto más amable, más justo.
Ante esto sólo queda optar.
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